En un templo del subsuelo, un cuento de Francisco Rodríguez Sotomayor

EN UN TEMPLO DEL SUBSUELO 


“Y la vida se me apareció rápida, como un viaje en ferrocarril.”

-Guy de Maupassant (Adiós)


Cerca de mi apartamento está la Parroquia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, cuya cúpula tiene una estatua de la virgen del mismo nombre que parece vigilar a todo el barrio de Parque Chacabuco. Es una construcción gris y solemne que, divisada desde Avenida Asamblea, sobre todo en las horas del ocaso, genera la sensación de estar en otra ciudad, lejana, que no se llama ni tiene nada que ver con Buenos Aires. Sin embargo, yo no comulgo en ese recinto. Algunas tardes salgo a caminar, y cuando llego al cruce entre Emilio Mitre y Asamblea, ver el Parque y la Medalla Milagrosa me desasosiega. Es una desazón de sentirme en la periferia, de ver al mundo desde una ventana helada, de estar afuera del afuera mismo. Como si mi cuerpo y la vereda no se tocaran del todo. 


Hoy es una de esas tardes en la que las fuerzas de la ciudad me arrastran sin rumbo ni fin, y decido meterme en la boca del Subte buscando claridad y refugio. Es la estación Emilio Mitre, la más cercana a mi apartamento que está a la altura del 17** de esa calle. Una vez abajo, en la desolación del andén, siento haber hallado un templo. Esta estación es tranquila, silenciosa y mayormente solitaria. 


Espero el tren sentido hacia Plaza de los Virreyes para hacer luego el recorrido desde la cabecera hasta, al menos, Correo Central, y de ahí pasar a la línea B. Llega el Fiat-Materfer con su estrepitoso traqueteo. Este tren forma parte de las entrañas de Buenos Aires, de un sistema enrevesado de túneles ineludibles para miles de personas y estar en el tren es (aunque sea un intento de) comulgar. Podré sujetar, siquiera por el tiempo que dure allí, a un rostro cualquiera que habite el terreno baldío del Buenos Aires de mi interior. Pero el tren está casi vacío. 


 Al salir el Subte desde Plaza de los Virreyes noto que, también, está desolada. Entreveo por la ventana pinturas de aves (o de sus sombras) en Varela. Estos trenes de la línea E no tienen aire acondicionado y en general se me asemejan a un viejo y descuidado edificio de oficinas. Sobre todo por los asientos. Este tren es estruendoso. Recién en Boedo veo a los primeros vendedores, tristemente un niño y quien parece su hermana mayor. Jujuy es la primera estación que no está desierta. En Independencia (si tan solo pudiera leer los movimientos de la muchacha que escribe frente a mí como se pueden leer los labios de quien habla) se bajan muchos pasajeros para pasarse a la línea C. Una ubicación paradimensional en Buenos Aires es la línea E.


Línea B. Estación Leandro N. Alem. El tren es mucho más amplio que el de donde me bajé, pero se siente igual de viejo y más ruidoso, además de que es muchísimo más concurrido. Nadie se sabe mejor los tiempos de los trenes que los artistas, vendedores y mendigos. Tienen un lenguaje entre ellos, se hablan sin decirse nada. Yo soy una especie de mendigo pero lo que busco en estos vagones no es precisamente limosna. Entre Dorrego y Federico Lacroze un bailarín de funk hace una excelente presentación. Es como si su cuerpo estuviera sincronizado con el tren y el vaivén fuese parte de su rutina.


 Llego a Juan Manuel de Rosas y nos hacen descender a todos por un olor a quemado que yo no huelo. Un par de minutos después llega otro tren, me subo y, cuando se pone en marcha, por el altavoz dicen que la estación Pueyrredón está cerrada por obras. No podré hacer transferencia a la línea H. Siento fatiga, asco y calor. Sensaciones fuertes de claustrofobia. Llegaré hasta Carlos Pellegrini para pasar a la línea D, a ver si este mareo desaparece en los vagones con aire acondicionado.


 Línea D. Me monto en 9 de Julio, pleno centro porteño. La estación está repleta y también el vagón. El mareo no se va, no tiene nada que ver con el tren. Buenos Aires es un organismo vivo, con sus latidos, sustancias y secreciones. Yo estoy lejos de sentirme como una secreción, porque para serlo debo ser digerido primero. Apenas me mantengo en la epidermis, como un insecto diminuto que procura no caer de la piel, pero que al mínimo paso en falso puede ser aplastado o, en el mejor de los casos, sacudido y dejado apenas con vida para seguir vagando.


 En la estación Agüero, al llegar el tren, hay una conmoción, un temblor. Las puertas se abren y salen los que se bajan aquí. Pero las puertas no se cierran, todo está detenido.  Muchos empiezan a asomar sus miradas fuera de la unidad, todos hacia la misma dirección. Intento escuchar lo que murmuran entre ellos pero no alcanzo a oír claramente. Alguien dice en voz alta como para que se sepa: “Hay un pibe acostado”. Pero acostado dónde, cómo. Más caras se asoman hacia el andén. Hay un ir y venir entre vagones. Por el altavoz el conductor pregunta: “¿Hay algún pasajero que se me pueda acercar a decirme qué sucede?”. Una larga incredulidad se palpa en el tren.


Un hombre, apurado y de mal humor por la situación, grita (asumo) hacia un policía: “Agarrálo, todos nos queremos ir”. Sigo sin saber como tal qué es lo que pasa. Y lo que dijo el hombre: todos nos queremos ir. Yo puedo estar para siempre yendo y viniendo de Catedral a Congreso de Tucumán sin que haya algo que me exhorte a bajarme. Para mí no hay minutos muertos en la longitud del Subte. Esta es mi comunión. Pero ese hombre apurado ve lo que yo no veo como lo hace la estatua de la Medalla Milagrosa. Aquello en el andén que retrasa el tren, que posterga a los que regresan y a los que van. El tren podría quedarse aquí hasta mañana y arriba Buenos Aires permanecería la misma: un algo que sucede allá lejos que no logro atisbar, un hombre o cosa que detiene el tren, un detrás de escenas, un afuera del afuera.


 





Imágenes:


 1) Parroquia de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, ubicada en el barrio de Parque Chacabuco, CABA.


2) Estación Emilio Mitre, línea E del Subterráneo de Buenos Aires.

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